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La muerte del último dictador estalinista, Kim Jong-il, deja tras de sí una herencia marcada por la crueldad y el hermetismo. Las torturas, las ejecuciones, así como las muertes por hambre y agotamiento en Corea del Norte han sido la orden del día durante los últimos 17 años en los que el dictador dirigió con mano de hierro su país. Los sucesivos informes de Amnistía Internacional publicados en la última década así lo atestiguan.