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Las fuerzas del Estado están contra la pared; libran una lucha dispareja. El enemigo ya no huye; sabe que los federales pelean con las manos amarradas por la ley; tienen a “tiro” a los uniformados; los sicarios, en cambio, parecen invisibles e invencibles. Bandas vociferantes lucran con la supuesta defensa de los derechos humanos; exigen la vuelta del Ejército a los cuarteles, si es posible, derrotado.