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Jack Whittaker tenía el plan más noble de todos. Tras ganar 314 millones de dólares en el 2002, en ese entonces el premio mayor de la lotería Powerball, el dueño de una compañía construcción en West Virginia dijo que quería pagar el diezmo a la Iglesia de Dios, volver a contratar a algunos de los trabajadores que había despedido, y empezar una organización benéfica. Podría comprar un helicóptero y definitivamente iba a mimar a su hija y a su nieta, indicó.
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Ganar la lotería no fue la solución