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Gonzalo Rivas, el empleado de la gasolinera incendiada por los normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, pagó con su vida el cumplimiento del programa obligatorio de Protección Civil. Pero fue un error: debió dejar abiertas las válvulas y, cuando el normalista bañó en gasolina una bomba despachadora y lanzó un cerillo, avisar a los demás trabajadores que corrieran tan rápido como les dieran las piernas. Así se habría cumplido la “voluntad popular”, encarnada en los estudiantes de normal, de hacer estallar los tanques subterráneos de la gasolinera.