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Hukum gantung dari leher hingga mati”, dijo el juez. Y aunque la traductora bajó la voz al mínimo, la sala entera sabía lo que eso quería decir. Se podía leer en los hombros caídos de los abogados. En el rostro serio y adusto de los diplomáticos mexicanos. En el miedo que emanaba de los tres sinaloenses de pie en el banquillo de los acusados.